Había una vez unos hombres que se quedaron sin nada. Que vivieron, mejor dicho, sobrevivieron, con el cuerpo y el ánima vacíos. Que no sabían animar a nadie, porque nunca lo hicieron por ellos cuando lo necesitaban. Que no querían querer, porque, simplemente, nadie se molestaba en demostrárselo. Sabían que lo que lanzasen se convertiría en un bumerán, que inexorablemente vuelve y vuelve y vuelve.
Y llegó el día en que nada los preocupaba, no tenían nada por lo que levantarse, nada por lo que luchar. Y así fueron pasando los días, de lunes a domingo, como el que trata de contemplarse la nariz; imposible. Días interminables, sin objetivo, imposibles de avanzar, de objetivo, sin dirección.
Esta es la historia de unos pobres, que lo perdieron todo, pero en realidad comenzaron a ganar.
